Machu Picchu
El sol andino se asoma por la ventana para indicarnos que es hora de partir a Machu Picchu. El poblado de Pisaq apenas esta despertando, y nuestro grupo de turistas aguarda la llegada del tren con impaciencia.
Partimos a las ocho de la mañana en un tren lleno de turistas de todo el mundo, incluyendo un grupo muy grande de periodistas de la BBC de Londres que realiza un reportaje turístico del lugar.
La vía ferrea
nos lleva en un camino maravilloso entre las montañas a lo largo del Río
Urubamba, con la música andina en el altavoz del tren, nos ponemos en ambiente
con los impresionates escenarios naturales de los Andes. La verticalidad de las
montañas y su grandeza que cubre el firmamento nos absorbe a tal grado que entro
en un trance, en un pleno éxtasis visual, pegada a la ventanilla de la cabina.
Esto es mucho mas de lo que yo esperaba.
Para llegar a Machu Picchu hay que subir en un autobús por
una carretera en zigzag a lo lado de la montaña. Al llegar al poblado de
Aguascalientes, el grupo se divide entre tanta gente y un guía nos dice que nos
expera un tal Wagner a la entrada de la ciudadela.
¿Wagner? Nos preguntamos Margarita y yo. -¿Wagner?, que raro escuchar que álguien se llame así. En efecto, despues de una hora de subir lentamente y ver que las llantas del camión estan a un centímetro del borde de la carretera, nos recibe Wagner con una sonrisa grande.
Pero yo no quiero ver a Wagner, ni a nadie, yo quiero ver Machu Picchu, ver la mística custrucción que tanto ha rondado por mi mente durante años, ver esas montañas que se pierden en las nubes, subirme al punto mas alto del mundo y sentirme completamente latinoamericana.
Y por fin, como tierno amante, la vista me recompeza tantos kilometros recorridos. Machu Pichhu se abre ante mis pies y absorbo su belleza en silencio, con las manos rascandome la nuca y respirando profundamente. Esto es el cielo.